Mi pueblo

Septiembre se desliza suave hasta deshacerse en las orillas de octubre.
Los turistas se han marchado. Un día los trenes ya solo transportaron a vecinos, y a los trabajadores que curran en el pueblo y que en general también son gente del Maresme, gente que ha vivido con el mar como la acera de enfrente.
Se diferencian de los veraneantes en que estos tienen la piel bronceada por el sol, y mis vecinos la tienen curtida por la arena y la sal.
Arena y sal son el mortero que te impregna todo el año, que lo respiras de día y lo roncas de noche, que lo bebes y lo comes, que te moldea por dentro, que te esculpe por fuera, luego el sol, la lluvia y este horizonte que vuelve blancas las miradas y el pelo.
No es un pueblo abiertamente marinero o navegante. Lo fue en otro tiempo, pero la industrialización en el siglo XVIII y la línea ferroviaria, Mataró-Barcelona, la primera de España, dieron el paso a las industrias textil, metalúrgica y alimentaria, como base de su economía.
Hoy es pueblo orillero, con sus pescadores de espigón y escollera, que de noche se alinean en formación con sus capas, sus farolillos, sus cañas, y se transfiguran en guardianes de la última frontera.
Aquí termina el territorio, aquí comienza la inmensidad, y con ella el desconcierto, la perplejidad.
Pueblo de montaña a mar, inclinado y ladeado, que en invierno huele a leña y en verano a playa.
Pueblo pequeño, saludo grande. Recorrer sus calles o el paseo marítimo, ademas de un sano ejercicio, es práctica intensa del bello ejercicio de las artes del saludo. Saludo al paso, saludo corto, saludo en suspensión -que sin detenerte te detienes- saludo festivo, saludo político o distante, saludo mudo o saludo charlado, saludo introspectivo o expansivo. Saludo al aire… y pelillos a la mar.
Pueblo sin sombra, de casas bajas, que se extiende de este a oeste, para que desde su salida hasta el ocaso, el sol te vigile.

Ya van para diez años que recalé en él, en primera línea de mar, aquí crecen mis plantas y aquí envejezco yo, pero de a poco, porque las prisas las dejé en la gran ciudad.
Y si antes habité en un paralelo que daba nombre a mi calle, la Avenida Paralelo -concretamente el paralelo de longitud 41º22’34″ norte- Ahora me acoge un meridiano, el de París, o meridiano verde, que va desde Dunkerque en el Mar del Norte hasta la playa de Ocata -longitud 2°20′14.025″ este-
Así viviendo entre paralelo y meridiano, la vida me ha tejido y me ha remendado cuando ha hecho falta.

Hay una expresión en catalán, propia y característica de mi pueblo: “ple de” -lleno de- que en sí no dice mucho, pero cuando se aplica puede ser poética. Una noche a poco de instalarme, fui al teatro y en el patio de butacas casi vacío, del hermoso Espai escènic Iago Pericot, (benvolgut company, se’t troba a faltar) mientras esperábamos que comience la función, alguien dijo “quina pena, es ple de buit” Que pena, está lleno de vacío. Y el corazón se me llenó de nuevo, y supe que había encontrado ese lugar en el mundo.

Que tu pueblo, o tu barrio, o tu calle, te abrace cuando hace falta, o te baile, si el cuerpo te lo pide. A todos y todas.

Versión original sin subtítulos.

Pienso, miro y hablo desde un mundo que ya no existe, a un mundo que no entiendo.
Prueba a ver una película de un país cuya lengua no conozcas, en versión original sin subtítulos. Intentarás leer el lenguaje corporal, los gestos, las intensidades, los escenarios en que suceden las escenas y por momentos creerás tener una lectura coherente de la acción, hasta que los supuestos amantes se saluden con un apretón de manos, y tu comprensión se derrumbe como un castillo de naipes. Finalmente resulta casi psicótico, lo que ves es visualmente comprensible, reconocible, hasta cercano, pero no entiendes nada. Así me ocurre, así nos ocurre.

No es nuevo pero ahora es evidente, cotidianamente evidente, la lógica y la razón ya no sirven para construir realidad, inmerso como está el mundo en un presente continuo donde se licua la dialéctica entre pasado y presente para la construcción de futuro. El tiempo es hoy, y no te enrolles que no te sigo.
Se reniega del conocimiento, de la ciencia, de la historia, se publican tantas noticias falsas que cualquier atisbo de información veraz queda sepultada antes de entrar en imprenta. Crecen los terraplanistas, los negacionistas de cualquier evidencia. Non e vero ma ci credo, que supera en intensidad al Se non è vero, è ben trovato.
Si la producción fue el eje del capitalismo, hoy lo es la financierización, vaya palabreja, donde el dinero produce mas dinero que la industria o la agricultura, dinero que poco a poco va perdiendo su realidad física, y como las serpientes que se desprenden de su piel vieja, se desprende del papel, del metal, incluido el oro, y se adentra en el universo donde habita lo divino.
El tejido social se desteje y se deshilvanan las clases sociales, la clase obrera, la clase media, la burguesía, y se anuda la idea binaria de rico o pobre. Si eres rico es por tus méritos y no por la fortuna que has heredado, pero si eres pobre es por tu culpa, maldita meritocracia, maldito parné! Como la vejez, que dejó de ser una edad, para ser un defecto del alma, el resultado de una actitud negativa.
Hemos pasado de querer estar bien a tratar de no estar peor sin solución de continuidad, sin darnos cuenta, y seguimos sin darnos cuenta, absortos en el espectáculo de un mundo que ya no es para nosotros.
El mundo es para los que nacieron para conquistarlo, no para los que sueñan que pueden conquistarlo, aunque tengan razón. nos avisó Fernando Pessoa, allá lejos en el pasado que ya no existe.
Somos los nuevos parias del primer mundo, peleando por la mejor plaza para las limosnas, a las puertas del templo, que tampoco es para nosotros.
Claro que si ves la realidad tan oscura, tan lúgubre, tan pesimista, es que te falla el pensamiento positivo, el problema es tuyo.
Revisa tu Feng shui.
El mundo es una piruleta de todos los colores, y todos los sabores, reza el cartel, y cada quien o cada cual, chupa donde le gusta o le duele. O donde le dejan.

Pero la modernidad dio su último coletazo, y yo me siento como si estuviera en pijama, perdido en mitad de la calle y descalzo.
Será porque mañana es mi cumpleaños…

A todos, todas.

Yo llegué mañana.

Te despiertas con una molestia en el costado, pero no sabes identificar exactamente donde. Es casi un dolor, una pequeña punzada hiriente, difusa y precisa al mismo tiempo.
Te levantas, y comienza el día con sus rutinas. Abres ventanas y persianas al sol y una banda sonora tan humana, tan enjambre y tan urbana teje meridianos en los paralelos de la luz.
Mientras desayunas, sin necesidad de pensar en ello, sabes que la molestia sigue ahí. Ni aumenta ni disminuye. Simplemente sigue ahí, en tu costado.
La lectura de la prensa, amarga en parte el sabor de la mermelada y el café sella la negociación. Es lo cotidiano.
Con la ducha acabas de entrar en el mundo un día mas, y mientras te secas frente al espejo tomas cartas en el asunto y te palpas el costado desnudo con detención, palmo a palmo, órgano a órgano, tan profesional y meticuloso que esperas que el del otro lado del espejo te dé un diagnóstico certero y casi balbuceas “dígamelo claro, doctor, no se ande por las ramas”, pero nada.
Te vistes y sales a la calle.
Después de las lluvias el clima es amable y te acompaña en el paseo una brisa cómplice, a la que te gustaría confiarle todos los secretos, aun a sabiendas de que no se resistirá a vocearlos con su soplo. Estás pletórico, dirías feliz, si no fuera por esa molestia en el costado, que sin doler duele.
En la mar, los barcos tienden sus velas sobre los hilos ondulantes de la brisa y se deslizan en ella, en la orilla, el día navega calmo sobre horas en las que no caben la urgencia de los minutos ni los trágicos segundos.
En el camino te cruzas con algún vecino e intercambias saludos, alguna broma, una sonrisa.
Solo tu costado como una nube desafinada en un cielo sin nubes.

A estas alturas del paseo y del relato, tú quizás no, pero yo necesito una pausa y me siento en un banco al borde de la escollera, frente al mar, mientras tú, lector o lectora, seguramente continúas caminando por el paseo que bordea la playa.
Yo me quedo mirando el mar que mira al sur por mi.
A lo lejos un avión de plata brillante, suspendido en el aire. Yo llegué mañana, me digo por hacer broma… Y como un rayo doloroso de luz y memoria, recupero su abrazo en el aeropuerto de Carrasco, su pena, su impotencia, su orgullo, por este hijo que partía al exilio.

Y sí, yo llegué mañana, hace cuarenta y ocho años, el once de septiembre de 1976. Y vos, mi viejo te me moriste otro once de septiembre, hace treinta y tres años, y entre mi llegada y tu partida nos une el mismo viaje.
Ahora lo se, mi costado se llama alma, y tiene un pequeño desgarro.

A todos, a todas.
A vos.

Los veraneantes.

Último día de agosto.
Aunque el sol no se quiera dar por enterado, se ve en el rostro de los veraneantes como una prisa, una desmesura, una intensidad por aprovechar todo lo que quede del verano. Las risas suenan mas fuertes, las sonrisas tienen mas dientes, la piel está mas chamuscada, los cuerpos mas desnudos y mas oscuro el deseo.
Cuando era niño y se acababa el dulce de leche, tocaba rascar con la cuchara el pote de cartón, hasta arrastrar el excedente de azúcar acumulada en el fondo, que te chirriaba en los dientes, y juraría que en ese momento era el mejor dulce de leche del mundo. Me pregunto si la arena en los dientes de los veraneantes del último día de agosto sabe como aquel dulce de leche…

Hoy los trenes llegan mas cargados que nunca. Gente con bolsos, mochilas, sombrillas, mesas y sillas plegables, pelotas, paletas, esteras, neveras, y una copiosa colección de cremas para antes, durante y después de la ingesta de sol.
Todos se bajan de prisa y corriendo, cargando con sus bártulos como pueden, para ocupar los mejores puestos en la arena y me viene la imagen de los colonos en las viejas películas del oeste, corriendo con sus carretas, carros, a caballo o mula o burro, para encontrar las mejores tierras donde asentarse y construir su hogar.
Esto ha sido así todo el verano, pero hoy es especial, porque hoy es el último día de agosto.

Mañana hará el mismo calor, seguirán viniendo veraneantes, sonaran las mismas canciones del verano… Pero mañana será septiembre, luego la semana traerá las lluvias, y sabremos que el verano se ha acabado.
Y sin saber como, mi destartalada memoria recupera el estribillo de otra canción del verano, que hace 56 años cantaban Los Gatos, allá en el sur.
“Igual que una canción, 
duró esta vacación. Hoy todo terminó. Ya no lo piensas más 
y vuélvete a tu hogar, a trabajar…”

Bonne rentrée, al decir de los galos. A todas, todos.

De mesa a mesa.

Fin de verano pegajoso, climática y políticamente. En la terraza de la pastisseria, yo bebo mi té en la penumbra fresca y protectora que me brinda mi rincón favorito. En la mesa de al lado, mas expuesta a las inclemencias del tiempo, dos vecinos arrejuntados en la única esquina de sombra que les toca, leen una prensa recalentada al sol.
Uno lo hace nerviosamente, saltando de periódico en periódico, mientras su cara se va descomponiendo por momentos, resopla y murmura algo incomprensible pero entendible al menos para su compañero de mesa, que mientras lee un diario deportivo sin complicarse ni mezclar el sudor del sol, con el sudor político se gira hacia su atribulado compañero y le suelta sin despeinarse: Que no se te agrie la sangre, hombre, total todo es demasiado cierto para ser verdad… y continua su lectura como si el mundo no fuera mas que una pelota. Tanto el interpelado como yo mismo, nos quedamos con cara de signo de interrogación sin respuesta. Por un instante nos miramos buscando complicidad, pero en seguida, la proliferación y derroche de sombra que baña mi rincón hace renacer el odio de clases y levanta un muro sin un solo checkpoint para negociar.
Así pues, regreso a mi propia indiferencia e intento descifrar el significado de semejante afirmación.
Todo es demasiado cierto para ser verdad… Se me antoja como la mejor definición de la post verdad, de las fake news, de los bulos. Si es cierto no es verdad, o, si es verdad, no es cierto. Y ya en lo sublime: La verdad siempre es incierta, aquí un sudor frío, helado -y no por la sombra clasista- me recorre el espinazo, pues a esta última aseveración la firmo. Pero puedo estar de acuerdo con esta conclusión sin compartir la idea inicial? Agitado, le pido ayuda al diccionario de la Real Academia de la Lengua y en una primera lectura en diagonal a punto estoy de gritar: Gol!!
Incierto:
adjetivo
Desconocido, no sabido, ignorado.

Bien, con eso concuerdo, pues no le quita certeza ni verdad a la incerteza, solo me avisa que puedo no conocerla… aun. Pero en una lectura mas sosegada descubro que esa es la segunda definición que me da el Tribunal Supremo de la Lengua, la primera es:
Incierto:
adjetivo
No seguro, dudoso.

Eso anula el tanto de la victoria, y me devuelve al desconcierto inicial. Si aceptamos como cierto que la verdad es incierta, la verdad puede no ser cierta. Ay la torre de Babel!, pienso derrotado, y armándome de coraje me dirijo a la mesa de mis vecinos y muy cortés les pregunto si ya acabaron con la prensa deportiva, y el fullback de Sportivo Glorias a Jorge Newbery, sonriente, me pasa el Marca, y yo me enfrasco en una lectura de la que no entiendo ni las comas, pero no cuestiona mis certezas.

Por las dudas, no miren para arriba. A todos y todas.

Foto carnet.

Contaba mi madre que cuando nací y me dieron la palmada de bienvenida, en vez de llorar, tosí… Y aun sigo tosiendo, aunque también aprendí a llorar.
Desde entonces el tiempo me ha transitado íntima y minuciosamente. Ya, pero eso es una obviedad me susurran burlonas las ojeras de la conciencia, en el reflejo de un espejo envejecido.
Ahora, cada vez que mi espíritu intenta tocarse la punta de los pies, se le parte el espinazo al alma.
Antes -esa ingenua apreciación inacabada del tiempo- el amor me hizo caer de rodillas, una y tantas veces como quise ganarle la partida a los dados, ahora por suerte los meniscos me lo impiden.

Juraría que viví una vida. O dos, pero de eso no estoy muy seguro. Sí lo estoy de que alguna vez el cielo fue otro cielo, y aunque mi memoria sea una impostora, tiene algunos originales imposibles de falsificar, de esos que dan certezas a una existencia incierta, aunque sea solo por unos segundos. Y sombras tiene, tantas que a veces la luz es una quimera.
Pero el esqueleto está en su sitio, pellejo y asombro lo recubren, y estos ojos que un día dejaron de ser miopes siguen abiertos a la fascinación de estar vivo.
Y mientras el aire se deje respirar seguiré despertando mas veces de las que duermo.

Y si la foto sale movida, es culpa del tiempo de exposición.

Buen transcurrir, a todos y todas.

Verano que te parió.

Agosto, solo escribirlo y sube la temperatura.
Será por aquello del espíritu olímpico, pero cada día bate su propio récord caliente, y lo único que puede salvarte es que a la brisa le de por correr los 100 metros lisos, sino estás perdido, ya solo te queda vivir y dormir de perfil. O invocar a Peter O’toole y convertirte en Lawrence de Arabia mirando el asfalto hasta el infinito, como quien mira las dunas en el gran desierto, que en ambos reverbera la luz del sol, y provoca espejismos. O alucinaciones.
Ni ducha fría, ni ducha caliente, vas a sudar igual, y el mar es una sopa tibia donde todo se cuece y no apetece.
Eso sí, hay que agradecer que este año el verano despertó tarde, la duda que oprime es si el calor respetará el otoño, o se lo zampara sofrito.
Subo al terrado y me quedo mirando la leña que me sobró del invierno a ver si me trae recuerdos frescos, y ya puestos, manguereo el suelo para aliviarle a mi techo los sofocos del calor añadido que da vivir en el último piso.
Antes, el calor que sufríamos era un calor incuestionable, sin culpa. Es que es verano, decíamos y asunto arreglado y a sudarla. Ahora es culpa nuestra. Pero tan afectos que somos a las culpas que hasta tejemos religiones con ellas y repartimos guerras como si fueran estampitas, con el cambio climático ni una, tu. Que lo arregle otro. Que lo regule el mercado, que es sabio, nosotros seguiremos destruyendo humedales, talando bosques y polucionando todo, que es lo que nos gusta y son gerundios.

Por la tarde quiso caer, pero no cayó. Una gran nube negra que se come el cielo a bocados, rachas de viento caliente del norte y relámpagos secos. Todos mirábamos incrédulos al cielo y extendíamos las palmas de las manos hacia arriba, como si no nos creyéramos a nosotros mismos, no, no llueve, no moja.
Hoy mi pueblo está pringoso, pegajoso, sudan las personas, los perros, las sillas, las tazas, y hasta el té, resulta viscoso.
Viva el verano que supimos construir.

Buenos abanicos a todas y todos.

Llámame Viernes.

Sin prisas, con la calma, porque es viernes. Me levanto temprano justo antes de que amanezca, enciendo las ventanas, preparo el desayuno y me instalo en el salón frente al mar para ver la salida del sol, que se desparrama en las tostadas como si fuera mermelada.
La alegría del viernes no se pierde ni jubilado.
Será por eso que Robinson llamó así a su compañero de isla, por la alegría de no estar solo, la alegría de que exista el otro. Aunque teniendo en cuenta que Defoe escribió su novela en el año 1719, cuando la jornada laboral era de unas quince horas, seis días a la semana, dudo que el viernes tuviera ningún motivo para ser alegre. Antes deberíamos agradecérselo a Robert Owen, socialista inglés, impulsor de la reducción de la jornada laboral a mediados del siglo XIX. En 1810 acuñó el lema “Ocho horas para trabajar, ocho horas para recrearse y ocho horas para dormir” conocido como el 888. Sin embargo, las cuarenta horas en cinco días semanales, no se consolidarán hasta la década de los setenta en el siglo XX.
Así pues, la alegría del viernes es una alegría molona que nació y bailó con el mejor rock que ha existido jamás. Ahí es nada.
De niño, el viernes era aún mejor que el sábado, era la víspera de todo lo maravilloso que estaba por venir y que nunca llegaba, pero igual cada viernes éramos felices, porque el sábado seríamos felices. El domingo por contra, se llamaba Angustias, como esa tía vieja que todos tenemos o quisimos tener. Angustia porque se acababa el tiempo de que ocurriese lo maravilloso, angustia por los deberes no hechos, y angustia porque mañana será lunes toda la semana, hasta el próximo viernes. Lo dice uno que nació en lunes.
Hoy este viernes va como la seda, suave y sin ruidos interiores, mientras tanto, afuera, el pueblo se despereza y toma brío. Como una celebración se izan las persianas de los comercios y el ruido metálico es una fanfarria que te invita a bailar porque hoy es viernes y no sábado, añorado Vinicius.
Los sábados estábamos demasiado ocupados buscando El Dorado de la felicidad, pero el oro se convertía en latón en cuanto lo tocabas, ya se sabe o debería saberse, que los mayores deseos de éxito están en la sección de fracasos, junto al pájaro azul, que si lo miras bien, no pasa de verde loro. Con excepción de los viernes, donde todo puede suceder, porque no esperas que suceda nada, eso lo dejamos para mañana, que seremos finalmente felices.

Buen viernes, cuando os toque, a todos y todas.

Viendo llover en Ocata.

La terraza de la pastissería a donde suelo venir a leer o a escribir o escuchar música o simplemente a tomar un te, es una terraza pequeña, de seis mesas en dos filas de tres.
Hay una en particular que considero mi mesa, en la fila de atrás, la del centro, justo delante del dulce, cremoso, y tentador escaparate, causa de situaciones mas o menos pintorescas, y es que de tanto en tanto, cuando menos lo esperas, alguien se te acerca decidido, o vacilante, que aquí somos todos muy nuestros, y se te planta delante con ojos de deseo, salivera en la boca y el alma a punto de pecado. Reconozco que al principio, además de desconcertante resultaba turbador, pero con el tiempo te acostumbras. Solo se trata del razonable parecido del amor con los pasteles, le digo a un perro que también mira y se relame.
La ventaja de la mesa en cuestión, es que es la mas alejada del flujo de paseantes y la mas protegida del sol o la lluvia, y es la que ofrece la mejor panorámica de lo que acontece.

Ahora mismo, por ejemplo, me he instalado a ver esta lluvia de domingo y verano recién salida del horno. Cae con fuerza y ganas, que aunque parezca redundante no lo es, pues he visto lluvias fuertes pero desganadas, de gotones gordos y pesados que caen porque no tienen otra cosa que hacer, y también he visto lloviznas enjutas que se llovían encima, de las ganas.
Esta es de las que lo mojan todo a conciencia, con rachas de viento cambiantes de sur a norte para abarcar mas, de gotas apretadas y certeras, para mojarte mejor.
Mi mesa es un oasis seco en medio de un mundo que se ahoga, escribo, mientras una familia en bañador, avanza, juntos hasta la amalgama, debajo de un paraguas de colorines demasiado pequeño para el contorno familiar. Hay que agrandar el paraguas, vieja, hubiera dicho Luis Sandrini, que tanto da un paraguas como una mesa.
La acera en este tramo es ancha como la sonrisa de Amanda, y a la izquierda de mi posición justo antes de la carretera, están las escaleras para acceder a la flamante estación subterránea de una línea ferroviaria que no lo es, ni lo será nunca, una maravilla conceptual que nos distingue.
A los cuartos de cada hora, emergen por la boca de las escaleras, vecinos, turistas, comerciales, y algún Testigo de Jehová desorientado, y hoy, todos protegiéndose la cabeza del aguacero con lo que tienen a mano, bolsas, periódicos, gorras de béisbol o mochilas, y me viene a la mente el desembarco en blanco y negro de las barcazas en Normandía bajo fuego cruzado, y los soldaditos corriendo desorientados sin saber donde protegerse. Eso no hace ni pajolera gracia, me digo, la guerra nunca la tiene, replico, más ahora que la tenemos tan cerca, tan cierta, tan europea. A no ser que te la cuente Gila, pero es que a él lo fusilaron en la de España, pero lo fusilaron mal, y por eso nos la pudo contar magistralmente, con un teléfono y un casco.
Guerra que por cierto, de civil no tuvo nada, fue un alzamiento militar en toda regla que coronó un golpe de estado que duró cuarenta años, que a su vez coronó a una monarquía que lleva coronada otros cincuenta y si sumamos, nos vamos acercando a los cien, que fue lo que duraron las lluvias en Macondo, según las crónicas de Gabriel García Márquez. Cosas del realismo, mágico o no.
La lluvia de hoy no hace cara de durar tanto, pero se agradece igual, pues le ha abierto una vía de agua a la ola de calor, y le ha bajado la temperatura de forma considerable.

Buenas lluvias si os llueve o buenos soles si es lo que se tercia, a todos y todas.

Casi insomnio.

Y la vida fue vivida, contra todo pronóstico,
contra toda esperanza.
Soplaron los vientos,
sucedieron calmas y tormentas.
Brilló el sol,
y los ciclos de la luna hicieron su magia.

Abro los ojos y está oscuro, aún no ha amanecido. Al encender la lámpara de la mesilla de noche, alcanzo a percibir el remolino en que la bruma de los sueños se desvanece sin dejar más rastro que la inquietud.
Me incorporo para facilitar el largo acceso de tos que me libera de cualquier posibilidad de retomar el sueño. Aún no son las seis, me levanto mas por rutina que por necesidad. Las persianas de la casa están bajadas y la oscuridad en el salón es casi total.
A tientas, me siento en el sofá a respirar -que no es poco- y aunque no puedan ver, mis ojos siguen abiertos, absortos en su propia inutilidad.
Entre tanto, y de puertas adentro, se suceden asonadas bronquiales a las que responden ácidas revueltas intestinas. Seguramente me ha sentado mal lo que no cené, de la misma manera que me duele lo que no viví.
Con nocturnidad y alevosía, los recuerdos atacan a bayoneta calada.
Es por la mañana, estamos en la cocina del piso del Puente de Vallecas, llevas puesto un jersey mío, que te queda grande y unos calcetines gruesos de lana, caídos sobre tus tobillos. Estás recostada contra la mesada y abrazas una tazón de café amargo con las manos. Te ríes y te enfadas, me estás contando algo que no acabo de entender… o de escuchar, mientras el gato se pasea indolente por la estantería de las especies con la cola levantada y rematada en un significativo signo de interrogación. Soy feliz.
O lo debería haber sido, pienso en presente.
Un frenazo en seco, la portezuela del taxi se abre y yo caigo rodando en la calzada y el morro de un Chevrolet se clava a dos palmos de mi asombro. En el mismo instante. el grito de mi madre y su mano que me coge del cuello de la chaqueta, y ya estoy volando hacia atrás hasta dar de culo en el interior oscuro del coche. Ella me grita, me zarandea, me abraza y me besa. Nos ilumina la luz intermitente -roja y azul- de un un letrero de neón.
Hay un fuerte medieval de madera pintada, defendido por soldaditos de plomo de la segunda guerra mundial, al que ataca un ejército de indios montados sobre babosas recogidas del parque, y hay también una matanza sacrílega el día de mi primera comunión, con mi flamante Cobra recortada, de fogueo, que me costó la expulsión de la merienda angelical. Noches de maconia, mate y revolución en la Casa de las Musas, que terminaban en amor o pena.
Ráfagas, ráfagas que no llegan a cuajar, retazos de escenas que se suceden como los instantes vistos desde la ventanilla demasiado pequeña, de un coche que se desplaza demasiado rápido.
Y es que en verdad, de recuerdos, apenas si me quedan un puñado de sensaciones y unos pocos fotogramas, el resto son palabras. Palabras que han crecido con el tiempo como el moho. A veces más, a veces menos.
Recuerdos parasitados por las palabras… Tal vez sea el último refugio de la memoria, así cuando las pieles de las vivencias se secan y caen, son remplazadas por el relato, pienso, luego divago, mientras caen las palabras como pájaros muertos y vuelan los pájaros como palabras que huyen, y yo me quedo tan ancho, amodorrado en la quietud de esta hora imprecisa que le gana la partida a todas las incongruencias de una edad cada vez más precisa. Seguramente ya esté clareando. Debería hacer la ronda por la casa, izar las persianas y liberarla de esta oscuridad mecánica e imperfecta, pero en la otra orilla de la cordura, esta casa tapiada y este sofá desvelado, devienen inesperadamente, mi isla.
La desconocida, La desierta y La perdida. Una única isla como tres carabelas, encalladas sin ningún descubrimiento.
Y flotando en mi sofá, me declaro náufrago, y sobreviviente, que lo de súper me viene grande, y respiro este silencio oscuro y soy eterno por un rato.

Buen despertar a todas, todos.